Entras a un bar francés de finales de siglo XIX, está oscuro y lleno de humo. Pero en el ambiente se respira una sensación de cambio y creatividad, se ve que estás en la clásica taberna bohemia. Te fijas bien, ahí hay una cara conocida, ¿será Degas conversando con Manet? ¿Y el que está ahí trayendo una nueva botella de bordeaux no es Monet?
Sí, tuviste la suerte de Owen Wilson en Medianoche en París y entraste a un bar de impresionistas.
Hasta que de repente se escuchan unos improperios –están en francés, y aunque no hablas el idioma, sabes qué está diciendo por el tono–, te das vuelta y ves a un tipo huraño, con la barba crecida, arisco, mal vestido y sucio. Está sentado solo en la mesa del fondo, la más retraída de todas, y lleva un rato soltando insultos al aire. Hasta que da un golpe en la mesa, como para mostrar que su monólogo terminó, y se retira del bar.
Es Cézanne, el viejo pintor al que nadie pone mucha atención, y que nació hace 187 años un 19 de enero.
Seguramente habrá estado reclamando porque nadie le prestaba atención. De alguna manera, solo él sabía que con el tiempo se convertiría en lo que muchos consideran el padre de la pintura moderna.
Ver un Cézanne es una experiencia extraña: muchas de sus pinturas son tan chicas que tu primera reacción es acercarte. Ahí te llama la atención la geometría y los colores, algo que Cézanne consideraba clave: "Toda la naturaleza se moldea según la esfera, el cono, el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas figuras simples; después se podrá hacer todo lo que se quiera".
Pero al mismo tiempo todo se ve muy caótico. Estás demasiado cerca, tal vez es mejor alejarte de la pintura. Y ahí notas algo diferente. Nadie lo resume mejor que María Gainza, que cuando se enteró de que en el museo de Buenos Aires había una pintura de Cézanne partió corriendo como una loca a sentarse 3 horas al frente de la pintura.
"A medio metro de distancia la pintura parece una lluvia de confeti caída sobre el papel; dos pasos más atrás, la imagen se ordena en un caleidoscopio, un metro más atrás, las pinceladas dejan de ser pinceladas y una naturaleza vitalista (si esa expresión no es un pleonasmo) se te viene encima. Hay paisajes muertos y hay paisajes vivos, y este de Cezanne es de los segundos: en él las piedras, los árboles, la curva del camino, están electrificados como a 20.000 voltios."
La pintura en cuestión es En un recodo del camino.



A la izquierda, la acuarela del museo de Buenos Aires. Las otras dos son versiones similares del mismo Cézanne
Pero volvamos a este personaje arisco, enojado y un poco antisocial. No es de extrañar que con esta personalidad sus primeras pinturas fueran oscuras y tenebrosas, casi como un Caravaggio impresionista:




Muerte, asesinato, autopsias, tragedias. Por suerte con el tiempo se mudaría a la finca familiar en L'Estaque, al norte de Marsella, donde pintaría paisajes más alegres sentado frente al mar.







Te dan ganas de pasear por esa costa, como anunciando un verano largo y caluroso, que te espera con el agua fría al final del camino, para refrescarte. Mientras tanto, su teoría pictórica seguía evolucionando, y sabía que después de lo que él y sus contemporáneos estaban haciendo, ya nada sería lo mismo.
Por eso llegó a decir que "Se acerca el día en que una simple zanahoria, vista con otros ojos, desencadenará una revolución."




Pero claro, más allá de los paisajes costeros, las naturalezas muertas y las pinturas medio góticas, Cézanne también se ha hecho famoso por una de las pinturas más caras de la historia (fue la más cara durante algunos años, hasta que Gauguin lo destronó y luego Leonardo):

Así que sí, ese viejo huraño sentado al fondo del bar, lanzando insultos al aire de manera medio aleatoria, es el mayor de los genios que estaban tomando en esa peculiar taberna de finales de siglo.
Por algo Picasso y Matisse lo llamarían "el padre de todos nosotros".