A veces, la obsesión de un artista no es una musa, un periodo, un color o un estilo. O tampoco un tema. A veces, el motor de un pintor puede ser una ciudad. Hopper con Nueva York, Hockney con Los Angeles, Otto Dix con Berlín o Venecia con Canaletto. Se trata de artistas que no solo documentaron las ciudades en las que vivían, sino que también las inventaron, llamando la atención sobre aspectos que nadie había notado antes, y creando una mitología en torno a sus postales marcadas por sus estilos.
Y en Latinoamérica también los tenemos. Es el caso del pintor autodidacta Agostinho Batista, que estuvo siempre obsesionado con su Sao Paulo natal.
Batista era hijo de una pareja de inmigrantes de la Ilha de Madeira, una isla portuguesa de las costas africanas.

A los 11 años llegaría a Sao Paulo, lugar donde tendría que trabajar desde muy pequeño. Ya como adolescente y adulto, trabajó como ayudante de albañil, pero pronto consiguió otro empleo, esta vez como empleado en una fábrica de juguetes en Mooca, un barrio humilde de la urbe brasileña.
Pero lo despedirían por dibujar durante el trabajo.
Y se fue a trabajar como ayudante de electricista hasta especializarse en el área. En su tiempo libre, vendía sus pinturas de paisajes urbanos en el Viaduto do Chá, en la zona central de São Paulo.
Fue en ese lugar que lo descubrió Pietro Maria Bardi, director y fundador del MASP: el Museo de Arte de Sao Paulo. Bardi tenía buen ojo para estas cosas, y le hizo un encargo a Agostinho: quería una pintura de la vista de Sao Paulo desde la azotea del Banco do Estado de São Paulo, Banespa, una zona entonces de acceso restringido y exclusivo.
La pintura se tituló Vista de São Paulo, y fue un éxito.

La pintura le trajo reconocimiento a Agostinho, que pudo tener su primera expocisión individual en el mismo MASP a los 25 años. Su estilo, entre naïf y primitivista, capturaba algo de la ciudad que una simple postal no podía lograr. El caos y la densidad de la megalópolis, pero también sus colores y su inmensidad.









Autos, vistas aéreas, edificios y lugres emblemáticos, personas. Todo lo que compone una ciudad en crecimiento constante y desenfrenado –como lo era Sao Paulo en los años cincuenta– aparece en las pinturas de Agostinho. Pero como decía antes, la ciudad aquí no parece ser ese ente opresivo y anonimizante, sino también un lugar de encuentro y la base del tejido social.
De todas formas, Agostinho también sabía salir de su lugar de confort, y pintó a su estilo muchos otros paisajes no urbanos.









Agostinho nunca habló mucho de su obra, nunca puso de manifiesto su poética, y apenas hay entrevistas en donde hable de su proceso artístico. Tal vez, eso le jugó en contra y durante muchos años estuvo olvidado en un segundo o tercer lugar de la pintura brasileña y latinoamericana. Aunque por suerte, hoy en día el éxito del arte pop, el rescate de lo popular y el entendimiento de lo primitivista han revalorizado sus pinturas.
Para mí, bastaba con que hubiese pintado de fútbol.



