Hace 40 años —un parpadeo y también una eternidad— la más alta gloria cívica a la que podía aspirar un adolescente era dejar sus iniciales en la cima de una máquina de Pac-Man. Ese indiscutible logro, conseguido a base de gastar monedas en una pizzería grasienta o en un local de centro comercial, no servía para nada en el mundo fuera del videojuego. No se podía canjear por un refresco ni te exentaba de los exámenes de biología. Era una pura y abstracta acumulación de cifras que otorgaba un prestigio intangible, pero harto presumible. Crecer consiste en cambiar la interfaz de nuestras obsesiones. Abandonamos el plástico de la maquinita pero conservamos el tic nervioso. Ahora deslizamos el pulgar sobre el cristal del teléfono, actualizando la gráfica de nuestros fondos de inversión, con la misma urgencia de quien huye de un fantasma de color.

Molly Gochman, la artista plástica dedicada a rellenar las fracturas del asfalto con arena roja para desafiar la rigidez de las estatuas ecuestres, entiende la riqueza moderna bajo esta misma óptica lúdica. Llega un punto en la acumulación de capital donde el dinero deja de ser una herramienta de supervivencia para convertirse en un mero juego de puntos. Una vez que las necesidades básicas están resueltas e incluso los caprichos más exóticos han sido palomeados en tu tasklist, el excedente financiero pierde su gravedad material. Se acumula por el puro vicio estadístico de ver crecer el marcador, persiguiendo un récord que nadie, salvo nuestro contador y el ego, se detendrá a elogiar.

¿Por qué los herederos de dinastías industriales, con diez generaciones de su linaje económicamente aseguradas, siguen madrugando para exprimir la maquinaria? Molly Gochman rastrea este impulso hasta un rincón primitivo de la psique humana: el miedo. Es un pánico atávico e intergeneracional, una ansiedad heredada que susurra al oído la necesidad de acumular más, en caso de que la casa se incendie. Bajo esa lógica persecutoria, el dinero funciona como un blindaje emocional. Acaparamos ceros a la derecha como un vecino paranoico compra cámaras de vigilancia, rejas más altas, alambre electrificado y púas sobre éste. Estorbarán, se verán horribles y hasta llamarán la atención del distraído, pero brindarán la ilusión de que la inseguridad puede ser sobornada.
Hay una falla de diseño en nuestro sistema económico que rara vez se admite en las escuelas de negocios: el talento para acaparar no está relacionado con la sabiduría para repartir. Molly Gochman lo plantea quitando el reflector de la filantropía tradicional. Dice que el sombrero que te pones para hacer dinero rara vez es el mismo sombrero que necesitas para distribuirlo. El arquitecto de una fortuna suele desarrollar una visión de túnel, útil para la cosecha corporativa pero inútil para la empatía contextual. Por ello, la artista sugiere que la gestión del excedente requiere inyectar ideas nuevas y cederle la silla a quienes están más cerca de los problemas. Ellos, los que habitan la grieta, son los únicos que verdaderamente saben cómo distribuir el agua cuando el pozo se seca.

El instinto natural del millonario que dona dinero es erigir un monumento a su propia generosidad. Exige recibos, impone métricas de impacto, manda auditores y dictamina desde un rascacielos cómo debe comportarse el hambre ajena. Una arrogancia de mármol disfrazada de caridad. En su trabajo con personas sometidas a la esclavitud por deudas en la comunidad Haruwa-Charuwa, al sureste de Nepal, la intervención fue mucho más allá de regalar despensas. Facilitó la creación de una cuenta de dinero gestionada por las propias trabajadoras.
Las mujeres de esa comunidad, marginadas de cualquier indicador de crecimiento macroeconómico, pusieron sus propias reglas y dejaron a la artista fuera de la ecuación. No le permitieron entrar por las mismas puertas que ellas cruzaban y le advirtieron que la próxima vez que las visitara más le valía haber aprendido a hablar nepalí. Las excluidas del tablero financiero demostraron poseer un rigor cívico y una capacidad de organización comunitaria muy superiores a los de varias juntas directivas que juegan a salvar el mundo entre canapés de foie gras.
Pero esta no es una anomalía meramente nepalí. Se manifiesta en los márgenes de la supervivencia humana. Molly Gochman recuerda la escena de los campamentos de refugiados, donde se repartían huevos duros a niños que habían perdido su tierra y su familia. Lejos del instinto capitalista de acaparar alimento ante el terror de la escasez, la reacción inmediata de esos niños era partir los huevos para asegurarse de que todos en su comunidad recibieran una porción. La abundancia dispara el pánico de perderlo todo. La carencia, en cambio, parece activar un sentido de solidaridad.

Delegar el control financiero hacia abajo resulta ser un modelo muy eficaz. La artista cita investigaciones de la Universidad de Chicago y proyectos de transferencias directas que demuestran que entregar dinero a quienes lo necesitan, sin supervisión constante ni restricciones paternalistas, cuesta mucho menos a nivel operativo y logra que los fondos se ejerzan de manera más inteligente.
En el reciente foro “Decididas 2026”, Molly Gochman lanzó una provocación: ¿será que el reto de la IA no es su potencia de cálculo, sino su orfandad ética? Si la IA llega a ser más inteligente que nosotros, la prueba de fuego será aprender a priorizar el bienestar de la tierra. Para la artista, el concepto clave es el del cuidado, una infraestructura invisible que evita que el mundo se desmorone, una verdad que materializó en sus Monuments to Motherhood. Bajo el bronce de esas piezas no hay cimientos de acero, sino moldes de trapos y tazones de cocina; es lo doméstico, lo invisible y lo 'pequeño' lo que sostiene el peso de lo monumental. Cuidar consiste en intervenir menos. Es la valentía de soltar el control y permitir que el paso del tiempo o el café que un desconocido derrama sobre una escultura en Prospect Park, sea el registro legítimo de que el sistema, por fin, fue habitado por la vida y no solo por la estadística.

Seguimos, pues, atrapados en el cuarto oscuro de la maquinita de arcade, hipnotizados por el neón de la pantalla, sudando frío para que no nos quiten el récord. Pero la verdadera salud financiera empieza en el momento en que nos alejamos de la pantalla, vaciamos los bolsillos y aceptamos que la única forma de apagar el incendio es entregarle las llaves del agua a quienes siempre han tenido sed.