Dos cuadras cerradas en las calles de Nueva York albergan a 10,000 chicas jóvenes que hacen fila para un casting de un programa que se transmite en 180 países.
Si son seleccionadas, serán humilladas frente a millones de personas, sufrirán racismo, acoso sexual, hipotermia, desórdenes alimenticios y verán su autoestima destruida. Serán castigadas si se quejan o tienen miedo, pero si dejan su salud y dignidad de lado podrán convertirse en la chica más linda de los Estados Unidos.
Un ideal instalado por la misma industria que las va a destruir.
Como hace justo dos años indicó el documental que revisitaba Nickelodeon, la televisión estadounidense mira hacia atrás y crea morbo sobre lo nociva que ha sido su propia influencia. Ahora le toca a Reality Check, la serie documental que analiza el fenómeno enfermo que fue America’s Next Top Model.
Un fenómeno mundial basado en abusos y morbo
El formato era infalible: un reality de competencias en el que chicas jóvenes superaban pruebas, caminaban por pasarelas y tenían sesiones de fotos extravagantes mientras evitaban la eliminación semanal, todo en el competitivo contexto de la industria del modelaje.
En paralelo, las aspirantes a modelo eran seguidas por cámaras mientras convivían en una casa y enfrentaban las presiones de jueces exigentes, y los estándares imposibles de la animadora: la supermodelo Tyra Banks.
America’s Next Top Model terminó el 2018 después de 24 temporadas, convirtiéndose en un hito televisivo a nivel mundial.
¿El problema? Los tiempos actuales han permitido ver con claridad el programa de otra manera: como un circo tóxico que tortura a sus ingenuas participantes para reproducir estereotipos que dañan al mundo entero.
Lo que muestra el documental de tres capítulos de Netflix, Reality Check: Inside America’s Next Top Model es cómo lo que se vio en los 2000 como mero entretenimiento ahora se entiende como una serie de actitudes problemáticas y abusos normalizados.
Sesiones de foto donde las modelos eran toqueteadas por otros modelos, una donde tenían que hacer blackface, cambios de look en las que les rapaban el pelo o les quitaban dientes, todo mientras los jueces las trataban de gordas y amenazaban con enviarlas a casa si se quebraban o no se esforzaban lo suficiente.
Además, tenía un morbo incesante por sus traumáticas historias personales, incluyendo sacar del closet a una modelo lesbiana, ridiculizar a una que estaba subiendo de peso y un grito descontrolado por parte de Tyra a una de las chicas por “haberla decepcionado”.
En el momento más oscuro de la serie, una participante es abusada sexualmente por un hombre estando borracha, y no solo todo el crimen es grabado y no detenido, sino que luego el reality la condena a ella creando la narrativa de que estaba engañando a su novio. Para solucionarlo, debía llamarlo y reconocerle su infidelidad en pleno llanto. Todo mientras la grababan.
En el documental de Netflix se entrevista a algunas de las participantes que han accedido a contar sus historias, todas críticas de los tiempos que vivieron en la serie, algunas aún traumatizadas y otras molestas buscando después de 20 años que exista un poco de justicia.
El consenso es claro: Tyra, los productores y jurados solo quería hacer buena televisión a costa de ellas, demasiado seducidos por el poder, la fama y el dinero como para detener el abuso a tiempo.

Esta gente no está arrepentida
“Así era el mundo. Era una época muy distinta”, repiten Tyra y sus secuaces en Reality Check cuando se les enfrenta con los abusos perpetrados en America’s Next Top Model.
En los 2000 se fomentaba la anorexia, lo blanco y los cánones de belleza hegemónicos al máximo. Especialmente en la industria de la moda. Eso lo sabemos y era ingenuo esperar que un programa de tele fomentara algo distinto. Y todo reality busca explotar sujetos que buscan éxito de algún tipo. Así es la televisión.
Ese parece ser el discurso de los responsables, como Ken Mok, el productor ejecutivo de ANTM o Dawn Ostroff, jefa del canal que la emitía. Solo Nigel Barker, Miss J y Jay Manuel, los colegas directos de Tyra, se muestran más incómodos con las imágenes y el legado de la serie, pero también ellos fueron despedidos por el canal, despreciados por Tyra y dejados a su suerte. El documental intenta generar empatía presentándolos como outsiders cuando fueron cómplices de lo que pasaba. Y ninguno de los entrevistados pide perdón.
Es extraño ver Reality Check porque no queda clara cuál es la denuncia o a quién se busca responsabilizar exactamente. Los encargados y productores reconocen saber que algo estaba mal, pero parece que todavía están orgullosos del fenómeno que crearon. Tyra, más malvada que nunca, afirma que no tenía nada que ver con la producción (siendo que era productora ejecutiva), pero algo más siniestro que indican es que siguieron porque el público lo deseaba, éramos nosotros quienes lo pedíamos.

Es cierto que éramos más funables hace veinte años. Éramos torpes respecto a la forma en que representábamos lo queer, nos tratábamos peor, no entendíamos por completo el consenso y no nos habíamos deconstruido como sociedad tanto como los últimos años. El contenido basura de los realities de antaño llegaba a niveles paupérrimos y crucificábamos con facilidad a gente por criterios que hoy nos avergonzarían.
Pero fingir que la televisión y los medios de comunicación no tienen responsabilidad en eso es demasiado conveniente.
Por eso el mensaje de Reality Check es confuso. Porque no apunta al sistema que está detrás de todo. Aísla al reality y a Tyra como los responsables de un montón de daño, cuando son exponentes de una industria que sigue funcionando. Ese sistema está vigente, solo se ha suavizado un poco por fuera para que podamos denunciar un par de sus conductas negativas.
El documental replica la tendencia del reality que critica, la de asignarle roles estereotipados –menos evidentes, pero igualmente peligrosos– a sus personajes y tratar sus casos con simpleza: la businesswoman que simplemente “no se dio cuenta”, la mujer abusada como víctima perfecta, los cómplices que merecen ser exculpados por haberse iluminado levemente 20 años después.
El documental está cerca de encontrar el problema que tanto intenta apuntar, pero no examina el rol de la televisión y la industria de la moda más allá de ANTM, no se pregunta por quiénes movían los hilos que finalmente se exponían en este programa.
Al contrario, pareciera que en parte Reality Check se regocija con todo el caos. Es como si dijeran: “entiendo que lo que hicieron estuvo mal, pero qué divertido que fue y, ¿no te gustaría verlo de nuevo?

¿Una nueva temporada de America’s Next Top Model?
“Siento que mi trabajo no está hecho. No tienen idea de lo que tenemos planeado para la temporada 25”.
Esas son las palabras con las que Tyra cierra su entrevista, pero más que un delirio, después de escuchar los tormentos que sufrieron las participantes, suena a amenaza.
Como si de broma se tratara, da la impresión de que todo el documental es una prueba para tantear si la marca sigue viva.
El 2024, Tyra anunció que tenía intenciones de continuar la serie que la hizo una mujer de negocios poderosa. Pero las fuerzas superiores no estaban interesadas.
Como muestra Reality Check, las últimas temporadas de ANTM fueron cada vez más decadentes, con ratings que bajaban, cambios de formato, despidos a rostros conocidos y modificaciones que delataban que la serie ya había perdido el rumbo. Pero también que la sociedad había pasado página.
Quizás todo este documental era un plan maestro para hacer que el show vuelva a la palestra, darle el micrófono a Tyra, que se muestre sensible y arrepentida, luego haga un reboot en el que enmiende sus errores, con más diversidad que nunca y libre de toxicidad, y finalmente revolucione la industria de la moda y la libere de sus dañinos cánones.
Sería una gran estrategia, pero quizás demasiado perfecta para ser cierta.
Lo más probable es que hayan intentos por devolver el reality a la pantalla. Después de todo, si algo demuestra Reality Check es que la gente sigue interesada en la explotación que generó ANTM.
Aunque tomó 20 años el que generáramos un consenso y castigáramos a la televisión basura por ciertos comportamientos que no se deberían volver a dar, seguramente ahora mismo hay programas que funaremos en dos décadas.
America’s Next Top Model puede volver porque seguimos viviendo en un mundo donde el modelaje existe, donde la moda es una industria millonaria y la cosmética se beneficia de que sigamos sus reglas.
Y no fue nuestra culpa ver la serie la primera vez, pero será nuestra culpa verla cuando vuelva. La basura puede ser peligrosa, pero es tan adictiva y hay gente tan talentosa generándola, que hay que hacer esfuerzos para no morder los anzuelos más perversos de la industria.
Nota de riesgo: conservador.
