Era 1998 y los premios más importantes de la industria del cine gozaban su mejor momento: más de 55 millones de personas en EE.UU. solamente vieron a Titanic llevarse once estatuillas, la mayor cantidad ganada por cualquier película.
Históricamente, los premios de la Academia han servido como barómetro cultural, con una audiencia que varía según la popularidad de las películas nominadas. Y los últimos años ese número solo disminuye, promediando alrededor de 20 millones de espectadores la última década y llegando a sus ratings más bajos el año de la pandemia, con 10.
Mientras eventos como el Superbowl se mantienen populares (la última edición, con show de Bad Bunny, fue vista por más de 120 millones de estadounidenses.
Y siempre suena la misma alerta: Hollywood ya no tiene relevancia cultural.
¿Qué nos dice el interés del público por esta ceremonia? Tiene que ver con las películas, pero también con más cosas: nuevos hábitos de consumo, una mayor oferta televisiva, hastío respecto a la cultura de las celebridades y políticas culturales cambiantes.
¿Triunfar como programa televisivo o representar lo mejor del arte audiovisual?
Los ratings van por un lado pero no cuentan la película completa.

Es una tarea difícil la de los Oscars porque tiene que celebrar el séptimo arte a la vez que generan un programa que vende publicidad en la que influencers preguntan a actrices por sus vestidos.
Y, sea lo que sea que están haciendo parece no estar resultando, aunque la ceremonia es prácticamente la misma que lleva siendo por décadas: un grupo de estrellas de Hollywood se juntan a descubrir en vivo si es que ganaron un premio, suben al escenario, dan un discurso emotivo y se bajan. Los números musicales siguen estando allí, y últimamente el caché de cantantes pop debiese dar para un rating más alto: Beyoncé, Rihanna, Billie Eilish, Ariana Grande y Lady Gaga se han presentado en las últimas ediciones.
¿Es que a la gente dejó de importarle la carrera de Leonardo DiCaprio?
Puede ser. Pero es que antes, el panorama televisivo y cinematográfico era más acotado. Simplemente había menos películas y el público estaba más familiarizado con ellas. La saturación de contenido que hay hoy, cuando se realizan más producciones que nunca, hace que las películas nominadas al Oscar se vuelvan menos imperdibles.
Ya no hay películas que vea todo el mundo, quizás sí series. Pero incluso ese panorama se ha ido diversificando. Es difícil que el público general siga enchufado a lo que está siendo nominado a premios, especialmente porque el tipo de películas que ahora se reconocen ha cambiado.
¿Qué es una película de Oscar?
Hay películas que, desde su marketing (y a veces producción) tienen un objetivo claro. Algunas, con vocación masiva, quieren llenar la mayor cantidad de salas posibles. Otras, buscar prestigio triunfando en el circuito de festivales de cine arte. Otras claramente quieren ganarse un Oscar.
El patrón era más claro antes: películas de época, dramas con hombres norteamericanos de protagonista, que realizan alguna hazaña heroica en tiempos difíciles. Oppenheimer y El discurso del rey son vestigios de esa tradición, pero antiguamente muchas entraban en esa categoría.
Y otra cosa que tenían en común: ganaban dinero. Era normal ver que las películas más taquilleras de cada año eran las que ganaban los Oscars. Pero ahora se ha generado una división: Hollywood invierte sus mayores presupuestos en películas de verano, superhéroes o animadas, en un intento por convocar a toda la familia en torno a narrativas poco desafiantes.
Existen ese tipo de películas y las independientes de nicho. El punto medio (piensen en El Padrino, Forrest Gump, Ghost) ya casi no se produce.
Eso ya no es igual. Ahora las películas estadounidenses que optan al sello máximo de calidad de la industria suelen ser independientes, por lo que los Oscars han cambiado su perfil.
Es más normal ver películas protagonizadas por mujeres (Nomadland, CODA, Everything Everywhere All At Once y Anora son ganadoras recientes) e incluso se aventuran a nominar producciones de otras partes del mundo.
Como explicamos en otro artículo, están más internacionales que nunca y parecen menos preocupados por satisfacer al público general que por premiar propuestas arriesgadas. Aunque no ganen dinero. El año pasado, Anora se convirtió en la ganadora de Mejor Película con menor recaudación en la historia.
Y de hecho, este año, las diez películas que eligieron como las mejores del 2025, tienen poco de tradicionales según sus estándares: hay una brasileña y una noruega, tres de terror o ciencia ficción y hasta los biopics de turno tienen un giro que los saca de esa categoría.
Las más exitosas en taquilla de la lista (Sinners, Una batalla tras otra) no se comparan con las películas que ganaban Oscars en el pasado, que lideraban la recaudación de sus años respectivos.
La gente también está cambiando
El año pasado la película más nominada fue Emilia Pérez, un musical sobre una mujer trans narcotraficante. Este año fue Sinners, otro musical de vampiros con personajes afroamericanos que servía como metáfora del racismo. La ganadora fue Una batalla tras otra, que tenía como contexto un tumulto social en que apresaban inmigrantes.
Cuatro de los tres últimos ganadores a Mejor Documental tienen que ver con la invasión de Rusia en Ucrania.
Las películas nominadas a Mejor Película Internacional suelen hablar de dictaduras o denuncian regímenes autoritarios.
El mensaje de la Academia está empeñado en levantar discursos progresistas a los que al menos Estados Unidos parece estar resistiéndose. La crítica es que los Oscars se volvieron “woke”, que las películas ya no buscan entretener y que los actores deben mantenerse alejados de la política.
Todo eso en un clima que ya tiene más rechazo hacia los millonarios y el star system.

Una encuesta del 2025 reportó que el 53% de los adultos en Estados Unidos no habían visto una película en el cine en los últimos 12 meses.
Pero no es solo con el cine. Los últimos 5 años, todos los canales estadounidenses han visto bajas en su sintonía. CBS, NBC, ABC y Fox han reducido entre un 10% y un 40% su rating y eso tiene que ver con el auge de los streamings como nueva manera de consumo de contenido audiovisual.
Los Oscars ya se han empezado a transmitir en simultáneo en plataformas (Hulu en EE.UU., Movistar Plus en España) y el 2029 el show se mudará por completo a YouTube. La ceremonia que celebre los 101 años de los Oscars se transmitirá gratis en todo el mundo en una jugada que reconoce la dominación de esta manera de ver tele.
Lo que queda por ver es si funcionará, o si la ceremonia quedará más bien como un símbolo, un artefacto arcaico que honra una época que ya fue, que aborda a su nicho y no intenta invitar a las masas sino validar con su idea de prestigio. Que se aleja de las lógicas televisivas para apelar a quienes realmente les importa el producto que los Oscars están vendiendo.