La historia va más o menos así: 1917, plena Primera Guerra Mundial. Estados Unidos había entrado al conflicto bélico solo unos meses atrás, después de 3 años de neutralidad. Horace Pippin, un afroamericano de New Jersey de 29 años decide alistarse en el ejército y es asignado a la mítica Compañía K, conocida en el campo de batalla como los Harlem Hellfighters.
Esta unidad, que se hizo famosa por su valentía y ferocidad, fue la que más tiempo sirvió en el frente, aguantando la línea desde abril hasta el final de la Guerra. En un momento, pasó a estar bajo las órdenes del ejército francés, y le fue otorgada la Cruz de Guerra francesa.
Pero todos esos honores escondían otra realidad: el ejército norteamericano estaba segregado, un reflejo de lo que todavía marcaba tan profundamente la propia sociedad estadounidense.
En una incursión en territorio enemigo en 1918, Horace recibió un disparo de un francotirador alemán en el hombro derecho. Dice la historia que lo dejó totalmente inhabilitado, y que fue dado de baja. Volvió a su ciudad natal en Westchester, Pensilvania, con una pensión del ejército.
Tampoco es que tuviera sus necesidades materiales cubiertas –al contrario, tuvo que seguir trabajando como transportista por el resto de su vida– pero algo de tiempo libre tenía. Así que para rehabilitar un poco su maltrecho brazo derecha, comenzó a decorar cajas de cigarros con carbón vegetal.
No era la primera vez que dibujaba: ya había hecho algunos bosquejos de sus días en las trincheras.


La pensión por discapacidad de Pippin era de por vida, producto de la inutilización de su brazo. Pero gracias a la pintura pudo recuperar la mayor parte de su movilidad. Aunque el mito decía otra cosa: el brazo de Pippin estaba tan maltrecho que tenía que usar su brazo izquierdo para mover el derecho, y por lo tanto pintaba con ambos. Una buena imagen vendedora, pero la verdad es que fue simplemente por esta foto donde se lo veía agarrando su brazo derecho con el izquierdo.

En los años 20, siempre como un hobbie, Pippin empezó a pintar. Con recursos básicos y sin ninguna guía aparente, era un absoluto autodidacta.
Su primer cuadro sería The Ending of the War: Starting Home. Que refleja perfectamente su estilo autodidacta y naïf, casi primitivista, combinado con una temática bélica de sus años en el frente. Incluso el marco fue hecho por él mismo.

Horace siguió pintando, totalmente a su pinta. Fue "descubierto" al presentar dos pinturas a una exposición de arte local —la Exposición Anual de la Asociación de Arte del Condado de Chester (CCAA)—, supuestamente con la ayuda y el apoyo de varios residentes locales, entre ellos los cofundadores de la CCAA, el crítico de arte Christian Brinton y el artista N.C. Wyeth.
Brinton organizaría inmediatamente una exposición individual, copatrocinada por la CCAA y el Centro Comunitario interracial de West Chester, y posteriormente lo puso en contacto con los curadores del MoMA Dorothy Miller y Holger Cahill y, para 1940, con el comerciante de arte de Filadelfia Robert Carlen y el coleccionista Albert C. Barnes.
Todas estas personas jugarían un rol protagónico en la carrera de Pippin, que no tenía conexiones, conocidos y seguramente pocos conocimientos del mundo del arte contemporáneo.
En los años 30 Pippin ya había ganado bastante fama con sus pinturas. Varias exposiciones individuales y otras apariciones en galerías le permitieron presentar sus pinturas en los museos más importantes del país e incluso en Europa. Siempre siguió visitando la Gran Guerra como uno de sus tópicos, pero también exploró la religión y la segregación racial en Estados Unidos.









De Pippin, solo tenemos dos autorretratos, y que reflejan bastante bien su estilo a medio camino entre el realismo –no el realismo fotográfico, sino uno que documenta lo que ve– y su vanguardismo estético.


Un buen ejemplo de este realismo "diferente" es la pintura John Brown Going to His Hanging. Brown fue un abolicionista radical durante las décadas previas a la Guerra Civil. Brown fue capturado, juzgado y ejecutado por la Commowealth de Virginia por "incursión e incitación a una rebelión de esclavos" en Harpers Ferry, Virginia, en 1859. Pippin relata este episodio con una pintura en su llamativo estilo.

Horace Pippin, para mí, es el reverso de la pintura de mitad de siglo XX norteamericana. Mientras Norman Rockwell y John Phillip Falter mostraban el optimismo radical de una sociedad de posguerra, que sentaba las bases de la personalidad norteamericana consumista, feliz y segura; Pippin mostraba el lado que no se veía: la segregación racial, la pobreza, la historia manchada de sangre. Lo lógico hubiese sido hacerlo con un estilo clásico, lúgubre e incluso un poco trágico, pero Pippin lo hace desde la ingenuidad y la alegría de los colores, dejándote la duda de si todo es irónico o simplemente Pippin veía el mundo así, segregado pero lleno de colores.
Su última pintura, me gusta creer, lo muestra sentado en una banca, con la satisfacción del deber cumplido.
