Lo he visto caminando por Pedro de Valdivia Norte, siempre de negro. Pelo largo y de andar pausado. Coincidimos en varios talleres, él de profesor invitado, yo de alumna. Luego de ayudante. Lo miro a ver si me reconoce, pero va demasiado absorto en sus pensamientos.
Yo era de esas alumnas mateas, de las que se tomaba el encargo al pie de la letra, que cumplía con los criterios de evaluación, que estudiaba sagradamente, que hacía la maqueta con los materiales que se exigían. Recuerdo como si fuera ayer cuando publicaron los invitados a la corrección intermedia del Taller de Formación de la PUC (es el taller de primer año de arquitectura donde todos, me incluyo, llegan creyendo que saben dibujar y cada corrección que pasa salen más convencidos de que no saben nada). Leí “Smiljan Radić” y solo pensé que era un nombre muy complicado. Debe ser croata, me dijo mi amiga de apellido también terminado en ic.
Mi proyecto estaba, a mi juicio y el de mis compañeros, bien resuelto. Cumplía. Los comentarios hasta ese momento de la corrección eran positivos. Hasta que le toca el turno al personaje de pelo largo y nombre complicado. Y dijo una frase que quedó grabada en mi cabeza. No recuerdo las palabras exactas pues han pasado más de 15 años, pero fue algo así como "Hay demasiadas decisiones correctas aquí… y eso me preocupa." Silencio. Luego concluye “hay algo en tu proyecto que quiere ser otra cosa. Déjalo ser esa otra cosa." No dijo más. Otros complementaron. Yo quedé como aturdida. Si un proyecto es correcto, ¿está mal? Mi cerebro hervía.
Acto seguido, investigué la obra de Smiljan. Lo primero que aparece: “Habitación para dos personas aisladas” en Chiloé. Una casa de apariencia casi provisional. Los muros de la casa son estanterías, y a la vez estructura y a la vez ventanas. El espacio que albergan es completamente libre, interrumpido sólo por una escalera. Arriba, una cubierta alta a dos aguas, pero no de zinc ni de teja, sino de tela de carpa.



La habitación para dos personas en Chiloé, por fuera y por dentro.
Seguí buscando: “La Casa del Carbonero”, una esfera hecha de barro. La foto mostraba la ¿casa? expeliendo humo por todas partes, como un horno de carbón. Así que esto también puede ser arquitectura, pensé. Fue un antes y un después para mi forma de enfrentar la disciplina. Desde esa corrección con Smiljan Radić, me despeiné, perdí el miedo a errar, dejé el proceso creativo fluir.

Las obras de Smiljan parecen estar ahí de paso, como si hubieran aterrizado hace poco y pudieran irse en cualquier momento. Sus proyectos tienden a sentirse orgánicos y casi provisorios. Le interesa profundamente la ambigüedad entre lo construído y lo natural. Un ejemplo: en su obra “Guatero” para la XXII Bienal de Arquitectura y Urbanismo de Chile el 2023, Smiljan toma un objeto típico de la intimidad del hogar chileno y lo transforma en arquitectura pública. Tuve la suerte de estar dentro. Usar el aire como material, me pareció una idea loquísima. No por desmerecer el aire pero… ¿otorgar al aire de cualidades arquitectónicas? Para Radić el aire es tan tangible como el hormigón, el ladrillo o la madera.


La obra Guatero, instalada frente a La Moneda, por dentro y por fuera
El Serpentine Pavilion 2014, hoy quizás su proyecto más visible a nivel mundial, fue un pabellón temporal instalado en el Hyde Park de Londres. Consiste en una cáscara de fibra de vidrio translúcida que recuerda a un huevo prehistórico, apoyado sobre grandes rocas aisladas. Da la sensación que está a punto de desmoronarse. Adentro te tomas un café en una mesita, con un ojo mirando hacia la salida más cercana por si hubiera que salir corriendo. Presenciar el pabellón en vivo debió de ser una experiencia casi primitiva, pero al mismo tiempo futurista, como de otro planeta. ¿Es arte? ¿Es una instalación? ¿Una performance?


El Serpentine Pavilion 2014 (hoy reubicado en la galería Hauser & Wirth Somerset)
El centro NAVE, otro de sus proyectos emblemáticos, es de una exquisitez simplista, pero al mismo tiempo logra albergar un programa diverso y cambiante. Una estructura tensada, efímera y desarmable. Parece improvisado, es cero pretencioso, y sin embargo, de forma muy natural, da cabida a un espacio para el desarrollo de las artes escénicas con una dignidad excéntrica — la misma que tienen las cosas que no intentan convencer a nadie de nada.


Centro NAVE, en el barrio Yungay, desde arriba y adentro de la carpa.
¿Por qué la obsesión con lo frágil y provisorio? Durante décadas la arquitectura fue un símbolo de confianza en el futuro — el edificio icónico, “de autor”, como declaración de que el mundo va hacia algún lado y vale la pena construir cosas permanentes para cuando llegue. Gehry, Hadid, Calatrava, entre tantos otros. Pero hoy ese gesto se siente raro. Construir un monumento en un mundo donde no sabes qué pasará mañana tiene algo de ridículo, ¿no? La certeza hace rato se agotó. ¿Qué certeza tienes tú, lector, de que esto no lo haya escrito yo sino la IA? Ninguna.
Y aquí lo importante: creo que eso explica en parte por qué el Pritzker (considerado el Nobel de Arquitectura) llegó ahora y no antes. El Guatero literalmente se desinfla. El Serpentine Pavilion estaba apoyado sobre rocas, no enterrado en cimientos — como si alguien hubiera puesto una cápsula encima de unas piedras y listo. El Centro NAVE es una carpa en altura, atada y tensada. Un viento fuerte y se vuela.
El restorán Mestizo en Vitacura es una gran cubierta que se posa sobre unas gigantescas rocas verticales. El Teatro Regional del Bíobío está compuesto de miles de piezas de madera dispuestas como un andamiaje y forrada de una tela que nadie usaría para un teatro porque se ve provisional, poco serio (p.d. el efecto es fantástico: de día es opaco, y de noche el edificio completo se transforma en una gran lámpara). Me fui por las ramas.





Arriba: el Teatro Regional Bíobío por dentro y por fuera. Abajo, el restaurante Mestizo, en el Parque Bicentenario.
Desde el Hyde Park, desde Chiloé, desde una casa hecha de barro que puede volver a ser tierra. Y así la lista de proyectos sigue y sigue.
La realidad ha sido así desde siempre. Chile se cae y se vuelve a levantar. Crecimos en eso — en un país donde la tierra tiembla y lo que hoy es sólido mañana puede ser escombro. Quizás por eso a Smiljan la fragilidad no le da miedo. La conoce de cerca. Y lleva más de 30 años diciendo exactamente eso, no como respuesta a la crisis actual — sino porque siempre le pareció la única postura honesta.
Smiljan Radić tiene una mirada que pocos arquitectos en el mundo se permiten. No le teme a errar, tampoco le teme a lo imperfecto ni a lo efímero. No le teme a construir algo que mañana puede no estar. En un campo obsesionado con el legado esto es vanguardia pura. El extenso archivo de la Fundación de Arquitectura Frágil –de la cual Smiljan es socio fundador– se puede visitar de forma gratuita en el MNBA de Santiago hasta el 12 de abril, y es una fiel muestra de muchos arquitectos y diseñadores del siglo XX que, al igual que él, apostaron por lo experimental, provisiorio e improbable. Los que entendieron que la arquitectura no tiene que necesariamente durar ni construirse para ser verdadera. Y hoy, en un mundo donde la certeza escasea, celebrar lo efímero no es resignarse — es la única forma honesta de habitar un entorno que cambia más rápido de lo que cualquier edificio es capaz de soportar.
Años después, ya de ayudante, lo vi corregir a otros. Y escuchaba frases parecidas a las que me había dicho a mí – distintas palabras, misma idea. Miraba la cara del alumno, ese desconcierto, ese silencio, y pensaba: ya sé donde estás. Yo también estuve ahí. La arquitectura a veces es así. Te descoloca, te serrucha el piso, y es justo en ese momento, frágil e incierto, cuando algo genuino comienza a gestarse.