Hoy en día todos queremos parecer más jóvenes, es un rasgo casi definitorio de nuestra época. Por algo la película La sustancia con Demi Moore fue un hitazo y ahora tenemos The Beauty, con Ashton Kutcher, que si bien está basada en un comic, tiene la misma premisa: queremos ser jóvenes, queremos ser bellos, queremos ser inmortales.
Pero esto no siempre es así. Hay algunas veces, ciertas situaciones, en que nos convendría ser mayores. Para algunos se trata de conseguir cosas prohibidas para los menores de edad, como el bueno de McLovin. Para otros, como yo, servía para no parecer un alumno más cuando me tocaba hacer clases en la universidad.
Para Tiziano, sumarse años, le permitía parece más sabio, viejo y venerable.
Fue tanto lo que se cambió la edad que los estudiosos de su obra se pasan congresos enteros discutiendo cuándo nació. Y es que entre sus certificados de defunción (donde dice que murió a los 103 años) hasta las cartas que le enviaba al Rey Felipe (donde parece que se sumaba varios años) tienen a todos los historiadores del arte mareados. Algunos dicen 1473, otros 76. Estas fechas corresponderían con la edad muy avanzada en la que supuestamente murió. Pero otro grupo de académicos dice que más bien nació entre 1480 y 1485. Incluso sus contemporáneos sabían que el pintor andaba sumándole años al documento de identidad: Giorgio Vasari, uno de los primeros historiadores del arte, estimaba que había nacido más tirado para 1490.
Pero más allá de lo que diga su carnet, Tiziano tenía talento. Y mucho. Provenía de una familia veneciana de alto patrimonio y estatus, así que a los 10 años entró a estudiar pintura. Al poco tiempo conformó la primera generación de lo que más tarde se conocería como La Escuela Veneciana.
Al principio, la obra de Tiziano todavía era bastante clásica, atada a las normas y reglas del Renacimiento ialiano.



Aunque en la mirada del primer retrato ya vemos que algo está a punto de romperse...
Después de un breve tour por el resto de Italia, Tiziano vuelve a su Venecia natal para ostentar el codiciado título de Pintor Oficial de la República de Venecia, que no soltaría en 70 años, hasta su muerte. Esto le permitió cubrirse sus no menores necesidades básicas para poder seguir pintando. Aunque según cuentan algunos de sus biógrafos, siempre fue millonario.
Tiziano tenía tanto talento que podía pintar lo que se le viniera en gana. Pero también era astuto, así que para ganarse la entrada a las cortes y palacios, se dedicó en un principio a los retratos y paisajes. Tiziano les ofrecía a los señores de Mantua, Ferrara o Urbino un retrato que transmitiera poder, cuando en realidad estaban al borde de ser absorbidos por ciudades más poderosas.

El Duque de Mantua, con su perrito, intentando meter miedo.
Como te contaba, también sabía dibujar paisajes, que eran perfectos para adornar salones y salones de los castillos de duques, barones y otros señores feudales.



Pero no era solo talento para pintar lo que quisiera, Tiziano se dio mañana para revolucionar la pintura mientras hacía cuadros que le traían fama y dinero. Pintó, entre 1519 y 1526, Pala Pesaro, un óleo sobre madera de casi 5 metros de alto que adorna hoy en día la Basílica de Santa María Gloriosa de Frari, en Venecia. Aquí ya vemos que Tiziano mandó al tacho de la basura muchos de los preceptos renacentistas, no hay simetría, jerarquía. al diablo el equilibrio y vamos a ponerle color al asunto.

Así empezaba a terminarse el renacimiento y el manierismo tomaba forma, que sería el primer paso para llegar al artificioso roccocó.
Así que Tiziano se las había arreglado para hacer absolutamente de todo: revolucionar la pintura, hacerse rico y famoso, entrar a las cortes más importantes (pintando varias veces a los reyes) y, básicamente, haciendo lo que quería en la República Veneciana. Por eso acá abajo encontrarás de todo: pinturas oscuras al estilo del Greco, escenas mitológicas sacadas de Ovidio, escenas religiosas, fiestas en honor a Baco –bacanales, que les llamaban– y técnicas diferentes de composición y pintura.









Tal vez Tiziano exageró un poco al sumarse año para verse más venerable, al cabo que ni lo necesitaba. Por algo sus contemporáneos lo llamaban "el sol entre las estrellas", un verso sacado de la línea final del Paraíso de Alighieri.