Movida por la temporada de cine y el revuelo (al parecer en declive) de los premios Oscar, ayer volví a ver –después de muchos años– una de las películas más conmovedoras que recuerdo, y a la que por cierto, la Academia negó todos los reconocimientos que sin duda merecía: El color púrpura (Spielberg, 1985), que cuenta la vida de Celie, una adolescente afroamericana de 14 años que vive entre los abusos de su padre y el racismo de la sociedad. Sacudida como la primera vez por emociones contradictorias, pienso en lo maravilloso del ser humano, que es capaz de hacer todo el daño imaginable y, repentinamente, tener un acto de piedad; de envilecer hasta límites extremos y arrepentirse; de soportar todo el mal y la injusticia sobre sí y todavía albergar esperanzas, ser tierno y amoroso, querer ser feliz. Chug Avery dice en la cinta que las personas, como la naturaleza, hacemos lo imposible por llamar la atención; necesitamos que se fijen en nosotros. Por eso cantamos, gritamos, delinquimos, callamos, agredimos, fingimos indiferencia, escandalizamos, escribimos, oramos, hacemos público nuestro sufrimiento: queremos que alguien se fije en nosotros.
Shug y Miss Celie –la protagonista– me hacen reflexionar sobre un color púrpura que me atrae poderosamente y tiene que ver con la educación, ese conjunto de procesos que nos permiten conocer, descubrir, cambiar, construir, valorar… La educación constituye el quehacer y la preocupación eterna de la humanidad; sus fallas y logros marcan los nuestros, acercándonos o alejándonos del ideal humano: “somos lo que es nuestra educación”.
Considerando el camino de evolución del conocimiento que llevamos recorrido y los niveles de progreso educativo alcanzados, sería de esperarse que ahora mismo estuviéramos a un paso de la perfección. El desarrollo de la ciencia y la tecnología al día de hoy es tal, que ni la fantasía más desmesurada ni el pensamiento más clarividente lo hubieran podido imaginar. Durante los últimos siglos las actividades humanas se ocuparon de desarrollar métodos, recursos y sistemas capaces de generar abundancia y bienestar para todos (o para muchos), aumentando ingresos, reduciendo calamidades que obstaculizan la cabal optimización de recursos, retando a la enfermedad y a la muerte. ¡Imposible medir sus alcances!
Sin embargo, entrados en el segundo cuarto del siglo XXI, vemos que la educación científica y tecnológica no tiene equivalencia social, ni ha producido los efectos más deseables desde un punto de vista humanístico. Comprobamos que todo el desarrollo ha sido insuficiente para mantener el orden del universo y que cada logro conlleva una serie de problemas y peligros insospechados: nos comunicamos mejor a distancia, curamos enfermedades, hacemos llover, controlamos la fertilidad, duplicamos seres, pero no se nos ha capacitado para vivir más sabiamente. Sin percatarnos, la educación reordenó nuestras vidas hacia los grandes cambios producto de la revolución tecnológica, ¿pero qué pasó con nosotros? ¿Por qué no somos mejores? Nuestro valor como personas, aquel que nos dice que nacimos para ser felices unos con otros y todos juntos, se tambalea. Cada día nos enfrentamos a imágenes y voces creadas por inteligencia artificial que, además de confundirnos (a mí me confunden) haciéndonos dudar de su realidad, nos hablan cordialmente, reportan noticias, exponen cifras e invitan a que participemos de tal o cual programa que nos hará ricos en un dos por tres. Pero mientras esto sucede, las agresiones reales se multiplican en las casas, en los trabajos, en la calle, entre naciones a uno y otro lado del mundo. Las personas con las que nos topamos en la calle, en un elevador o en el transporte público no levantan la mirada de sus teléfonos y apenas responden al saludo de sus vecinos. Sufrimos y provocamos incomprensión, deslealtad, abusos; nuestras sociedades marginan cada vez más a más gente, en múltiples sentidos. Tenemos miedo de afrontar la vida comunitaria, no queremos responsabilizarnos de lo que nos rodea, nuestros derechos son ultrajados y, mientras nos lamentamos por ello, ultrajamos los derechos de los demás.
No hay duda de que, ocupados trabajando por el progreso científico y económico, descuidamos desarrollar junto al conocimiento valores que, no siendo contables, quedaron fuera del cuadro básico de nuestras preocupaciones. Al diseñar modelos educativos, fuimos incapaces de prever que el poder fabuloso de la tecnología y la ciencia podría resultar destructor si se emplea al margen de principios éticos y normas básicas de comportamiento: ¿Proceden de otra fuente las marcas de nuestro tiempo? A gritos pedimos ser vistos, pero cerramos los ojos para no ver a los demás. No se trata de corregir el rumbo estudiando nuevas asignaturas, formulando normas que obliguen a la gente a ser buena, a los científicos a utilizar su saber en bien de la humanidad, al juez a aplicar la ley justamente, al asesino a no matar, al narcotraficante a cambiar de oficio, a toda persona a cumplir su obligación. Ni todas las horas de nuestra historia serían suficientes para erradicar los vicios que, incrustados en nuestra naturaleza, nos señalan como producto acabado. Hoy solo podemos ser lecciones vivas de congruencia y honestidad para nuestros hijos y vecinos, en el trabajo, en la caja del supermercado, en el trato de subordinados y jefes, en la mirada al indigente, la tolerancia al otro, el respeto a la dignidad de todos. Hay que detenerse y mirar el color púrpura, amarillo o azul que nos rodea: tal vez quiera decirnos algo.