En la historia de la pintura se suele hacer hincapié en esos momentos geopolíticos donde el intercambio cultural es más intenso. Tiene lógica: allí se producen cruces, sincretismos, encuentros y comparaciones que producen corrientes artísticas totalmente nuevas y llamativas. Es como una explosión cultural.
Pero hay otros momentos, menos llamativos tal vez, en que una sociedad decide encerrarse, aislarse del resto del mundo, y esa situación geopolítica también produce ciertas corrientes artísticas. Menos vanguardistas, seguramente, pero que se toman el tiempo de mirar hacia dentro y observar lo autóctono, lo cotidiano, lo personal y lo doméstico.
Es lo que pasó –aunque con matices, obviamente– durante el período Edo en Japón. Este periodo que va desde el 1600 a 1868, también llamado era de la paz ininterrumpida, estuvo marcado, entre otras cosas, por la erradicación del cristianismo y la bajísima influencia extranjera en asuntos políticos y económicos. Solo la Compañía Neerlandesa de las Indias y por algunos años a los ingleses se les permitió visitar la isla durante este periodo. Los otros europeos que llegaban eran incluso ejecutados sin juicio.
Y así nos encontramos con Itō Jakuchū: nacido en 1716, que se dedicó a pintar motivos principalmente domésticos y nipones. Pero ojo, no era simplemente un pintor tradicionalista, igual experimentó con la perspectiva y algunos elementos estilísticos bastante adelantados para la época. Simplemente, era un pintor que vivió en un momento donde se miraba hacia dentro.
Más todavía si se considera su personalidad, tan diferente a otros pintores excéntricos de la época: era tranquilo, sobrio y muy profesional.
Cuando cumplió treinta años, se construyó un estudio a orillas del río Kamo, que cruza Kyoto. Lo llamó Villa del Corazón Desapegado, en alusión a un poema del escritor chino Tao Qian.

Por esos años tuvo su primer breakthrough: se hizo amigo de un monje de Rizan, que le dio acceso a pinturas japonesas y chinas de los templos que tenía a cargo, y más importante aún, lo introdujo a los círculos artísticos que importaban en esa época.
Los encargos que recibía por aquella época eran biombos y paneles. Y no hay que mirarlo en menos: por esa época pintar un panel de un templo o el biombo de una integrante de la realeza era lo mismo que pintar un fresco de una iglesia o un retrato de una baronesa.

Pero donde Jakuchu hizo escuela fue en sus Juka chōjū-zu byōbu (Pájaros y animales en el jardín de flores). Es una obra que representa animales pintados en muchos cuadrados pequeños. Jakuchu primero dibujaba cuadrículas de 1 centímetro con tinta sumi y llenaba la pantalla del panel. Después iba pintándolas una a una con una técnica llamada masume gaki.
Nadie más que Jakuchu utilizaba esta técnica –que obviamente, él mismo inventó–. Solo existen tres obras de este estilo.


Cuando no estaba inventando técnicas novedosas y pacientes para pintar paneles de templos, Jakuchu se las pasaba dibujando pájaros, sin duda su tema favorito: gallinas y gallos, aunque varias de sus pinturas más famosas representan grullas, cacatúas, loros y fénix. Su colección más famosa fue presentada al emperador en tamaños gigantes y con detalles casi imposibles.





O mis favoritos: en negativo.




Pero Ito se guardaba una última sorpresa bajo la manga. El 2008 se descubrieron escondidos en una casa en el noroeste de Japón una serie de pinturas de una serie antes desconocida. Eran dos pinturas, una de una ballena y otra de un... elefante. ¿Cómo podía ser, si en Japón no habían elefantes?
Bueno, que el periodo Edo tampoco era tan aislacionista como se suele pensar: en 1728, dos elefantes fueron traídos de Vietnam a Nagasaki para ser exhibidos ante el Shogun Tokugawa Yoshimune. Fueron paseados por Edo y Kioto, lo que causó gran revuelo entre muchos japoneses de la época. Según Nobuo Tsuji, una autoridad en Jakuchū que autentificó esta obra como genuina, es posible que Jakuchū viera a los elefantes en Kioto cuando tenía catorce años.
Y estas pinturas las hizo a sus ochenta años. Mala memoria no tenía.


Bonus track: no podemos dejar de mencionar una serie de Jakuchu menos conocida pero igual de hipnotizante: El compendio de animales y vegetales, un rollo de unos doce metros de largo que contenía más de 90 imágenes diferentes de la naturaleza. Aunque sin duda la mejor, es la rana.
