Nervioso, abrí el correo. Decía que querían entrevistarme al día siguiente como candidato para una pasantía en The Paris Review, la célebre revista literaria norteamericana. Yo tenía una sonda clavada en el brazo y estaba a punto de probar una droga experimental para la narcolepsia.
Con treinta y dos años, estaba sentado frente al computador en un departamento de oficinas noventero en el centro de Manhattan reconvertido en laboratorio piñufla. El trabajo consistía en vivir durante tres días y tres noches en ese micromundo peculiar. Yo aprovechaba el tiempo para tratar de pulir un cuento. Tenía que andar semidesnudo en una bata médica y mear en una botella negra que luego sometían a toda clase de pruebas. Tenía prohibido interactuar con ninguno de los trece otros “hombres sanos” que participaban en el estudio. No tenía un peso y el laboratorio pagaba más de un mes de arriendo, casi 2,500 dólares.
Era una de las tantas cosas que uno hace para acercarse a la supuestamente alta literatura y que siempre involucran algo bastante más bajo: vender el cuerpo.
Aunque temía que The Paris Review me descartara de plano por hacerme el difícil, pedí que reagendaran la entrevista (no les dije la razón). Eventualmente la di desde mi departamento, hice unas cuantas fact-checking tests y me aceptaron.
The Paris Review es una institución legendaria que ayudó a descubrir a escritores como Jack Kerouac, Joy Williams, Philip Roth, Raymond Carver y Jeffrey Eugenides. La pasantía era de seis meses, la más larga de entre las revistas literarias de Nueva York. La mayoría de esas pasantías, que eran vistas como la puerta de entrada a la industria editorial, eran voluntariados, no pagaban sueldo. Harper’s, por ejemplo, promocionaba en su sitio web que su pasantía ofrecía transporte gratuito. Pero el Paris Review pagaba un sueldo suficiente para vivir en Queens en un departamento compartido. Para cada ciclo postulaban unas cuatrocientas personas y quedaban dos. Yo no conocía a nadie, no era parte de ese mundillo y estaba asombrado de que la suerte hubiese caído a mi favor.
Mi primer día de trabajo, tomé el metro hasta Chelsea, casi al llegar a la onceava avenida, junto a la ribera del río Hudson. El edificio de la revista no tenía ninguna marca exterior que lo delatara: era un edificio industrial, de ladrillo desnudo y techos altos, donde vivían un par de ancianos misteriosos y un par de empresas de dudosa procedencia.
La revista se emplazaba en el tercer piso. Una habitación de techos altos, con cajas apiladas por todas partes, donde se desparramaban unos cuantos escritorios anticuados, diferentes entre sí: uno de fierro forjado, varios de chapa, unas mesas de vidrio, todo cubierto de libros, lámparas y computadores obsoletos. Junto a la entrada languidecía una higuera hoja de violín.

Me sorprendió la juventud del equipo editorial: salvo la editora jefe y la coordinadora editorial, todos tenían menos de treinta, lo que significa que eran menores que yo. Al otro lado de la habitación se encontraba el equipo comercial, compuesto por gente mayor que básicamente se dedicaba a pedir donaciones de gente rica y luego agasajarlos enviándoles regalos promocionales e invitaciones perfumadas.
Así funciona el arte en Nueva York: decenas de multimillonarios pagan para que un grupo de personas jóvenes y talentosas trabajen casi gratis para producir algo que casi nadie lee, pero todos respetan.
The Paris Review es una organización sin fines de lucro y se financia principalmente gracias a un fondo creado por su editor y fundador, George Plimpton. Pero para funcionar con el nivel de prestigio literario con que lo hace, la fundación necesita inyecciones adicionales de sus donantes millonarios, entre los que se encuentran escritores y artistas ricos como el mismo Eugenides, pero también gente del mundo financiero. Inversionistas de capital privado, gente de Blackstone, PIMCO y BNY.
Ellos ponían la plata para destapar las cañerías, para contratar a un dominicano llamado Tony que venía todas las madrugadas a trapear el piso y pegarle una limpiadita a los baños, para ofrecer copete gratis en las fiestas, para organizar una exclusiva gala anual donde los boletos más baratos costaban mil doscientos dólares y hasta cien mil, el sueldo anual de unos tres pasantes. La revista también organizaba una venta de grabados donados por artistas famosos con piezas de hasta quince mil dólares. Los editores no promocionaban estos eventos a sus lectores y contribuyentes, mantenían newsletters separados para la literatura y para el dinero. Eran dos mundos que se mantenían aparte.
Mi trabajo consistía en hacer fact-checking y evaluar cuentos —esta era la parte atractiva, romántica— y, por otro lado, sacar la basura, organizar cajas, enviar paquetes y ayudar con las fiestas que la revista organizaba cada trimestre para el lanzamiento de un nuevo número. Como en el poema “Epitafio” de Nicanor Parra, se trataba de hacer un “embutido de ángel y bestia”.
En algunos casos la dicotomía es literal: para escribir un cuento, meo en una botella negra en un laboratorio. En otros, como el de una revista literaria, es más difícil ver el lado bestial. Pero alguien tiene que sacar la basura, lidiar con la burocracia, limpiar los desagües que causan malos olores y negociar con las ratas que viven en las alcantarillas, como descubrí cuando intenté ayudar al gásfiter a destapar una cañería.
Trabajando como pasante, ambas dimensiones se mezclaban de manera constante, a veces en un solo pensamiento. Cuando vino de visita la escritora argentina Samanta Schweblin, tuve que servirle un vaso de agua a su agente y buscar un momento mínimamente adecuado para hacerle un comentario rápido en español sobre lo mucho que me gustaban sus libros. Y cuando, en una de las fiestas donde al mismo tiempo trabajaba y participaba, me topé con uno de mis ensayistas actuales favoritos, J. D. Daniels, tuve que interrumpir varias veces mis conversaciones con él para ir a comprar hielo a la esquina, venderle una polera a una señora y ser presentado por mi jefa a una mecenas de la revista que no parecía tener nada interesante para decir.
Esa noche fue memorable. Con mi esposa Cata nos cayó bien J. D., y el escritor, como buen hombre de Kentucky, se fue emborrachando inexorablemente. Daniels se parecía mucho al narrador de su magnífico libro autobiográfico, The Correspondence. Ese libro se trata justamente de un hombre que está abierto a todo, dispuesto a probarlo todo: el jiu-jitsu brasileño, la navegación intercontinental, un culto psicoterapéutico. Por lo mismo, él era el único escritor famoso dispuesto a pasar una tarde entera conversando con un pasante y su esposa.
La revista había decidido contratar por primera vez a un DJ, un inglés sesentón y bajito. Frente a él había un espacio que a todas luces podía ser una pista de baile, aunque todos le hacían el quite. Con Cata decidimos tratar de animar un poco la cuestión y nos pusimos a bailar junto al músico. Pronto se nos unió (claro) J. D. Daniels. Luego otros más. En veinte minutos se había armado —creo que por primera vez en los lanzamientos del Paris Review, siempre tan circunspectos— un carrete.
“¡The dancing!” me gritó al pasar la editora jefe, sorprendida. Y J. D. Daniels, en un rapto de expresividad incontenible, me abrazó el hombro, se acercó a mi oído y bramó, como recitando un mantra para sí mismo: “¡Less thinking, more body!”
En ese momento de descuido, la lógica se había invertido y las circunstancias requerían priorizar lo bestial por sobre lo angélico.