Pocos directores chilenos han tenido un ascenso tan rápido como el de Diego Céspedes: ganó la categoría de cortometrajes del Festival de Cannes con su proyecto de egreso de la universidad, hizo un segundo cortometraje que también compitió en ese certamen y, cuando llegó el momento de su primer largometraje, lo posicionó en el mismo certamen. Y volvió a ganar.
La misteriosa mirada del flamenco es el nombre de la fábula del joven cineasta, que mezcla el coming of age con una película del oeste, una relato de época queer con toques de realismo mágico. Una obra singular que Chile eligió para representar al país en los Oscar y que, finalmente, después de meses de anticipación, se exhibe en carteleras nacionales.

Un mito popular como alegoría del SIDA
Todo pasa en pleno desierto de Chile, en un caserío que no llega a ser un pueblo, donde una residencia destaca por sobre las otras: la casa de Boa (Paula Dinamarca), que acoge travestis viviendo en comunidad, quienes durante el día se acompañan y algunas noches se prostituyen y organizan decadentes shows para los pocos mineros que asisten.
Todas tienen nombres de animales. Una de ellas, Flamenco (Matías Catalán), tiene una hija pequeña, Lidia (Tamara Cortés), de las pocas menores que viven en el lugar.
El espacio está detenido en el tiempo e intuimos que la dictadura afecta a Chile aunque ese tipo de represión parezca existir en un país paralelo. El desierto es un lugar aparte, donde no hay ley, los ciudadanos establecen sus propios códigos y la venganza es uno establecido.
Allí en el desierto, las mujeres viven bajo el rumor de que sus miradas infectan de una peste asesina a aquellos sobre quienes las posan. Un mito popular que sirve de metáfora para la epidemia del SIDA que entraba al Chile de los 80 que retrata Céspedes.
Así, las mujeres de la casa de Boa viven bajo el escrutinio de estos hombres que no se atreven a mirarlas, que las desean y las desprecian, las aman y les temen. Las someten en sus intentos por protegerse de sus miradas infectas, mostrándonos cómo es más fácil ampararse en la superstición que reconocer sus propias pulsiones.

Entre la violencia se encuentra el espacio para la ternura
La película adopta la trágica perspectiva de Flamenco y luego la de Lidia, como alguien que tiene que defenderse en este mundo con las reglas que ya existen. Céspedes filma sin prejuicio y con delicadeza su familia y entorno, donde la violencia se cruza con el amor, y contra todo pronóstico encuentra ternura en su relato.
El amor es la motivación, la condena de Flamenco y el motor de la venganza de Lidia, explorado desde la marginalidad de la disidencia antes de que existieran los nombres para comprender su complejidad.
La misteriosa mirada del flamenco se consolida como una tragedia travesti que se une a una línea de referentes chilenos como El lugar sin límites de José Donoso o Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, pero la distancia temporal permite que la mirada aquí tenga un lado luminoso: el amor es peligroso pero la comunidad y la compasión existen como respuesta.

Así, entre asesinatos, cobranzas, desahogos y abandonos, la película invita a reflexionar sobre lo luminoso que logra persistir en las vidas más marcadas por el desamparo. La fachada de seriedad se deshace, así como la pretensión en la mezcolanza de géneros, con una premisa fuerte que sostiene el mensaje y una simpleza que se erige como uno de los mayores atributos de la película.
La misteriosa mirada del flamenco intenta y logra ser muchas cosas: melodrama, western, fantasía, alegoría, drama social o incluso comedia, pero es mucho más potente cuando se enfoca en el retrato íntimo y tierno de una familia elegida logrando imponer sus propias reglas.
Nota de riesgo: moderada.